English

La promesa se remonta, si lo pensamos por un momento, a aquel momento en que papá prometió llevarte al parque, ir a comer helado o jugar contigo cuando viniera del trabajo. Y en lugar del parque, se fue con los amigos al juego de beisbol. En lugar de ir a comer helado, prefirió ver televisión y hablar con mama excusándose que otro día iríamos. En lugar de jugar contigo cuando viniera del trabajo, estuvo trabajando en casa por largas horas.

Generalmente el incumplimiento de las promesas en la infancia causa una profunda herida en el alma, pues por esa “medida” también nos medimos en relación a otros, especialmente con el sexo opuesto. Intuitivamente dudamos de nuestro valor como para que alguien importante para nosotras cumpla su promesa. Curioso que también medimos a los hombres en general de acuerdo a como tuvimos esa interacción con nuestro papá. Esto parece convertirse en un círculo vicioso de no soy de valor/importancia, él no va cumplir.

Creyente o no, el sentimiento es el mismo. Aunque Dios dice que nos ama, no creemos que somos valiosas porque tenemos un enemigo que nos “ha cegado el entendimiento” (ver 2 Corintios 4:4). Pero existe una promesa que ha estado escondida por la cultura, la sociedad y hasta ha sido tergiversada por otras creencias. Leemos en Salmos 139:14 que somos “una creación maravillosa”. Hemos sido sus hijas desde antes de la creación del mundo. Cuando Adán y Eva desobedecieron entro el pecado, pero Dios ya tenía previsto un plan de salvación para restaurar la relación padre-hijo que hubo antes del pecado. Veras, Dios no es como el padre terrenal que se enoja con sus hijos porque no hacen las cosas como él quiere. Dios es un padre paciente, nos hizo a su imagen y semejanza (Génesis 1:26), lleno de amor, de amor eterno. Dios odia el pecado, pero ama a sus hijos. Así como es paciente y misericordioso, Él sabe que para poder entenderle y amar tenemos que entrar en un proceso de transformación, reconocer que Jesucristo es su hijo quien vivió entre nosotros, murió y resucito. Poco a poco según vas leyendo, escudriñando, meditando en su palabra, el Espíritu Santo que nos prometió Jesús, te va revelando cuan ancho, largo, profundo y alto es el amor de Dios (Efesios 3:18). No es un Dios de algunos, es Dios para todos los que lo buscan de corazón. Con amor eterno nos ha amado (Jeremías 31:3). ¿Por qué negarnos al amor incondicional de Dios? ¿Cómo dejarlo en segundo plazo si nos dio la vida? ¿Por qué no creerle? El cumple sus promesas, Él es fiel. EL no miente ni se arrepiente (Números 23:19). Él es un Dios vivo, lo fue antes de la creación y lo sigue siendo ahora que lees esto.

Yo quería a Dios con mi intelecto desde que acepte a Cristo hace mucho tiempo. Hasta hace unos años solo iba los domingos a la iglesia, leía a veces un devocional y a veces la biblia, aunque en muchas ocasiones pensaba que no aplicaba a mi vida lo que leía. Las predicas del pastor de la iglesia me abrieron los oídos espirituales. Sin embargo, siempre estaba apresurada, pedía a Dios en emergencias, cuando en mis fuerzas no podía. En el 2013 decidí en mi corazón obedecer a Dios, oír su voz y dirección. Actuar conforme Él me diga ya sea en el trabajo, la casa, con los hijos, las nietas, mis padres, mi hermano, mis amistades. Amarlos como entiendo que Jesús ama. Puedo decir que he tenido inmensas alegrías y duras pruebas, pero sin lugar a dudas la paz, gozo y alegría de vivir (a pesar de tanta incertidumbre a mi alrededor), solo se lo debo a mi Dios que vive, que es real, su Espíritu Santo vive en mi interior, me dirige para bien siempre. Dios que me ve como la niña de sus ojos, su princesa, coheredera con Cristo de una vida eterna. ¡Tú puedes disfrutar lo mismo!

Anuncios