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Hay un dicho popular en muchos países de que “los ojos son la ventana del alma”. En mi proceso investigativo, aducen que esta frase la acuñó Herman Melville en los años 1800 (solo descubrí que fue quien escribió la novela Moby Dick, la ballena asesina, pero nada sobre que la frase fuera de su autoría o que fuera razonablemente cierta). Sin embargo, encontré información relevante sobre el lenguaje corporal, siendo el movimiento de los ojos durante una conversación o interrogatorio una de las claves para descubrir si la persona está usando su imaginación, recordando o mintiendo. Otras áreas del cuerpo que delatan nuestro lenguaje corporal son las manos, los hombros, la sonrisa, entre otros.

Imagino a Dios pensando cuando estaba creando el universo, la tierra y todo lo que hay en ella. Usando su creatividad inspirada en movimiento. Mirando a Jesús a los ojos y sonriendo, “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16, RVR1960). Si Jesús es imagen del padre invisible, entonces los ojos de Jesús muestran ternura, compasión, comprensión, justicia, benignidad. Cuando Dios nos creó, en acuerdo Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos hicieron a su imagen y semejanza. Entonces entiendo que intrínsecamente nacemos y somos bondadosos, tiernos, compasivos, inocentes. Esas características son evidentes en las miradas de los niños y en los adultos que resisten la maldad del mundo y evitan a toda costa ser transformados en instrumentos de maldad. Puede que hayas conocido personas buenas que no son creyentes y puedes percibir esto en sus ojos. Puedes observarlo en la mayoría de los cristianos maduros, pero a veces la crianza, experiencias pasadas, creencias culturales, educación debilita el reflejo de esa bondad, ternura y compasión.

¿Como mantener el destello de luz de lo que hay en nuestra alma, el reflejo de Jesús? Solo conociéndole más profundamente, escudriñando las escrituras, ayunando, pidiendo al Espíritu Santo revelación y actuando en obediencia. Los ojos naturales pueden reflejar lo que ven los ojos espirituales, sin embargo, es necesario transformar nuestros pensamientos. Dice en Romanos 12:2 RVR1960 “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Lo que vemos en derredor puede distraernos o hacernos caer, pero como creyentes tenemos que escalar más alto. Para eso es necesario no conformarse al sistema social o cultural mundano sino creer que Jesús vive en nosotros, que Dios escucha y obra en el siglo 21 a través del Espíritu Santo. Solo transformando el pensamiento, entendimiento, inteligencia que Dios nos regaló vamos a poder comprobar que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. Que él nos quiere dar una esperanza y un futuro (Jeremías 29:11 RVR1960). Nuestros ojos pueden mostrar asombro, incredulidad o duda, aunque no hables.

La ventana del alma, puede irradiar amor, benignidad, bondad, gentileza, paciencia, gozo, paz, humildad o lo contrario. Estas características son frutos del Espíritu, no vienen a ti por arte de magia, requieren práctica, disciplina y obediencia. Jesús estuvo preparándose, fue obediente en toda circunstancia siendo 100% hombre, y modeló todos los frutos del Espíritu porque fue lleno del Espíritu. “Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto” (Juan 14:7, RVR1960).

¿Qué irradia tu ventana del alma?

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