Leí un cuento para niños por la autora Shreya Shama donde relata que en este lugar vivían una niñita, su hermanito, su papa y su mama. Un día la niña pidió a mama una manzana y la mama le dio dos. Sentada en la silla, la niña sostenía ambas manzanas. Luego de un momento, la mama dijo a la niña tiernamente: “¿Cariño, compartes una manzana conmigo?” La niña miro a su madre por un segundo y mordió una de las manzanas inmediatamente. Acto seguido dio un mordisco a la segunda manzana. La mama se sintió muy triste y no entendía el comportamiento de su niña. Estaba descorazonada, pero siguió sonriendo e ignorando la conducta de su hija. Pasaron unos momentos en silencio y la niñita le extendió una de las manzanas diciendo: “¡Mami toma esta, es la más dulce!” De repente la mama se dio cuenta de su error al juzgar su hija antes de conocer las verdaderas intenciones. La mama se sintió muy apenada pero luego estuvo maravillada por el gesto de su hijita.

¿Puedes recordar alguna situación donde te juzgaron por algo que dijiste o por una acción? ¿Eres capaz de reconocer un momento donde juzgaste a alguien? Nosotros, los creyentes, hemos sido justificados por la sangre de Cristo, pero eso no justifica el tener derecho a juzgar a otros. Ese derecho le pertenece exclusivamente a Dios. En Tito 3:3, Pablo exhorta a Tito a recordarnos como éramos antes de ser salvos: “Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros.” Dice Pablo en Romanos 14:10-12: “Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios. De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.”

¿Sera que no internalizamos que al juzgar al hermano nos estamos poniendo en el lugar de Dios? Es muy común emitir juicio sobre cualquier persona o situación por la que está atravesando, en ocasiones sin el permiso del interlocutor. No se miden las consecuencias ni el alcance de esas palabras que pueden ser “piedras de tropiezo” y motivo para enemistades o contiendas innecesarias. Sobre esto, Pablo nos anima: “sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación. No destruyas la obra de Dios” (Romanos 14:19-20)

Otro punto a considerar cuando juzgas, ¿quién dice que tu opinión es la correcta si proviene de tus pensamientos, no lo que dice la palabra de Dios? Recuerda, la palabra de Dios es absolutamente verídica y no se contradice. El salmista expone claramente lo que dice Dios de nuestros pensamientos: “Jehová conoce los pensamientos de los hombres, Que son vanidad” (Salmos 94:11). Pablo añade cómo se comportan algunos creyentes e insta a evitarlos y amonestarlos en Tito 3:9: “Pero evita las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y discusiones acerca de la ley; porque son vanas y sin provecho.”

Entonces, ¿cómo evitar juzgar? Solo la palabra de Dios que ha hecho rema en tu corazón inhibe el deseo de juzgar a tu hermano. Cuando vives en el amor profundo e incondicional de Dios es difícil juzgar porque entiendes que puedes lastimar a la otra persona. Así vemos en Romanos 13:10, 12-14 “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor…Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.” Motivados a amar y servir como Jesús nos concientiza a no juzgar y a aportar a la solución en la vida de otras personas.