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¡Que difícil es esperar en la fila del supermercado o en la congestión de tránsito! Cuando nuestra mente se confronta con el momento de espera, divaga y escapa a lo próximo que queremos hacer; llegar a la casa o llegar al trabajo para realizar la tarea que teníamos planeada. En esa fracción de segundos, nuestro cuerpo reacciona liberando la hormona de estrés porque nuestros planes han sido interrumpidos por lo imprevisto. Nos enojamos, atacamos con palabras el conductor al frente nuestro o al cajero. Sentimos el corazón acelerado, espasmos en el estómago, un nerviosismo que parece mejorar cuando descargamos la frustración.

Hay otros tipos de espera: cuando un ser querido está en la etapa final de su vida donde solo calidad de vida es lo que puedes ofrecer o has pedido a Dios por una pareja idónea pero no ves que esa persona llega a tu vida. En ambas, la espera puede ser lenta, frustrante, deprimente al punto de querer tomar decisiones apresuradas.

Si has leído la biblia te darás cuenta que Dios SIEMPRE ha querido tener una relación estrecha contigo. Aun sabiendo que íbamos a ser desobedientes, él quiere que volvamos a él porque es un padre bueno, paciente, justo, y misericordioso. Siendo así, es importante incluirlo en todas las áreas de nuestra vida para así entender y practicar su sabiduría y entendimiento. ¿Como es eso? Un padre bueno no desea mal para sus hijos, pero les permite tomar decisiones, no las toma por ellos. Jesús entendió perfectamente nuestro dilema ya que caminó entre nosotros a la vez que tenía revelación divina porque SIEMPRE tenía comunicación con el Padre.  Dice en 2 Tesalonicenses 3:5 “Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo.”

He aprendido y entiendo que el alma es el centro del libre albedrio donde coinciden la mente, la voluntad y las emociones. En Lamentaciones 3:25 nos dice: “Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca.” Un alma que espera en Dios busca conocerlo, investiga cómo es su carácter, escudriña cual es la promesa de acuerdo a su circunstancia.  En TODO, Dios quiere que esperemos en Él confiados y pacientes porque “Pacientemente esperé a Jehová, Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor” (Salmo 40:1), “Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa” (Hebreos 6:15), “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:16-18).

Si creemos que en nuestras fuerzas podemos resolverlo todo, viviremos esta vida mortal temporal desanimados y frustrados con una esperanza a corto plazo. Pero si ponemos nuestros ojos en Cristo, pedimos al Padre dirección, paz y fortaleza para cada situación que confrontamos, esta vida temporal se convertirá en una de retos, oportunidades y gozo donde la espera es alimentada por la fe. “La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). ¡Esperar tiene recompensa!

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